miércoles, 10 de julio de 2013

JEGORI EL ANGEL DANZANTE



Jegorí, el ángel, al que el ser supremo había concedido la gracia de la danza, se entretuvo en el camino admirando las galaxias,  las estrellas, los planetas, los cometas y tantos y tantos elementos maravillosos que formaban el universo. Perdió la noción del tiempo escuchando los sonidos del cielo, poblado de todo tipo de seres maravillosos. Al principio su cuerpo vibraba y sus pies, o mejor dicho lo que los simples mortales llaman pies, intentaban interpretar esos sonidos. Jegorí era torpe al comienzo de su viaje por el universo e intentaba moverse al compás de la música celestial. Tropezaba una y otra vez con todo lo que se interponía en su camino y sus pies se entrelazaban entre sí haciéndolo caer una y otra vez. Parecía que no había manera de que el ángel diera armonía sus movimientos. Saltaba de planeta en planeta queriendo ser armonioso en sus saltos, pero no conseguía la plenitud en su baile. 

Jegorí sin darse cuenta, de salto en salto y de paso en paso llegó hasta las inmediaciones de su destino. Fue a parar en una de sus danzas, que por fin parecían acrobáticas, al satélite de La Tierra, La Luna, hija de la planeta y de uno de tantos dioses promiscuos que habitan el mal llamado Olimpo. Pero esa es otra historia...

De repente sus oídos oyeron un canto, una voz conocida, era DIVADÍ que no paraba de cantar, tal era la fuerza con la que llegó a sus oídos que desde ellos a los pies llegó como un ciclón que le hizo moverse y saltar como nunca lo había hecho en todo el recorrido desde que salieron de su país. Saltaba y daba pasos desconocidos para él. Tan fuertes eran los saltos, tanta energía ponía en ellos que iba dejando sus huellas en la superficie lunar, creando lo que hoy llamamos cráteres lunares. En esto estaba tan concentrado que quiso hacer un ENTRECHAT, que es un entrelazado, paso que consiste en dar saltos cruzando las piernas por delante y por detrás a gran velocidad. Tanto empeño puso en ello que logró crear el mas armonioso ballet que se haya podido ver nunca. Saltaba, giraba sobre sí en fouetté y jetté consiguiendo allegro en sus movimientos. Era de una belleza inimaginable verle danzar al son de la melodía que le llegaba de La Tierra. De repente un asterisco le golpeó y queriendo dar un cabriolé salió disparado hacia la Tierra sin poder elegir donde caer. No hacía falta aún en órbita daba saltos y pasos desconocidos para él hasta llegar a caer, precisamente donde se encontraba SIMAÍ. No tuvo tiempo de reaccionar y cayó sobre la corteza terrestre levantando una masa de tierra que se fue deslizando sobre una pendiente dando lugar a lo que en Madrid se conoce como CUESTA DE MOYANO. Jegorí cayó de espaldas cegado por el sol que alumbraba el mediodía madrileño. Así se le recuerda en un monumento al que dicen es al diablo. No os dejéis engañar, es un monumento al mejor de los bailarines. Está justo al lado del lago formado por las lágrimas de los amantes que llenaron el lago. Allí justo en el centro, en una pequeña isla estaba SIMAÍ.


martes, 2 de julio de 2013

DIVADÍ, EL SEGUNDO ANGEL QUE RUMOREABA.

EL SEGUNDO ANGEL QUE RUMOREABA.


El segundo ángel en su descenso a la Tierra se la pasó cantando. No sabía por qué, pero a medida que se iba acercando no paraba de cantar y cantar. Los astros, cometas y demás seres que poblaban el cielo terminaron hartos de oírle una y otra vez y comenzaron a lanzarle restos de sí mismos para hacerle callar, pero él muy al contrario seguía con más ahínco. Uno de los meteoritos que le lanzaron le desvió de su órbita. Debía caer en un lugar conocido como el archipiélago de Las Antillas. Una de cuyas islas se había salido del orden de adorar a Dios. Su misión en este lugar era el de devolver la fe en su creador. No lo podría hacer por el momento ya que el golpe dado por un trozo de cometa le lanzó sobre un montón de escombros en una ciudad llamada Córdoba. Eran los años 60 de España, nombre del país al que pertenecía dicha ciudad. El golpe no fue muy duro pues aterrizó sobre unos sacos de cemento que amortiguaron la caída. Los paletas, sobrenombre con el que se conocía a los trabajadores de la construcción, se asustaron al ver la polvareda que levantó el ángel al caer sobre los sacos. El ángel sin inmutarse, se levantó, sacudió el polvo de sus ropas y su cara y entonó un canto que los trabajadores nunca habían oído. Estos cual llamada de sirena dejaron su labor y comenzaron a aplaudir y vitorear a Divadí. Este comenzó a caminar por un sendero que finalizaba en un río que en el que decían que se había ahogado o mejor dicho suicidado un moro que había perdido a su amor y cuya pérdida le produjo tal dolor que no pudiendo superar le hizo arrojarse a las aguas con una piedra atada al cuello. El caso es que el segundo ángel condujo sin quererlo a la muchedumbre que le seguía hasta las aguas turbulentas. Su canto poseía tal embrujo que nadie podía sustraerse a él. 


Divadí llegó hasta la orilla y se paró en seco y también se paró su canto. La muchedumbre enloqueció y le pedían que siguiera cantando, su vida ya no significaba nada para ellos sin su voz.



El ángel se recobró por un momento y se asustó, no sabía qué hacer, no sabía cómo parar a esa gente. La masa humana se abalanzó sobre él, que en un momento de instinto se apartó desplegando sus alas y elevándose hacia el cielo. Los humanos gritaban presos de una locura colectiva y se lanzaban hacia el ángel intentando agarrarlo, mientras gritaban:



-No te vayas no nos dejes, sigue cantando!!



El empuje de los de atrás era tan fuerte que, como las fichas de un dominó, los de adelante fueron cayendo a las aguas. Incluso ahogándose no dejaban de gritar al ángel que no cesara en su canto…



Este que no conocía su don, ese que el dios de los cielos le había dado, se asustó y se elevó sin saber a dónde dirigir su vuelo. Sus alas no respondían y se veía envuelto en un torbellino que le iba absorbiendo sin remedio llevándole fuera de ese lugar donde le llevaron los cometas que le tiraban piedras cuando le oían cantar.